
El Puebla todavía no se estrella… pero viene perdiendo altura
Amigo lector:
Hace una semana dejamos una pregunta pendiente.
Matías Almeyda había encontrado una fisura en el Puebla de Gerardo Espinoza.
Monterrey la convirtió en grieta.
Y dijimos entonces que Espinoza tendría hasta el partido contra Atlas para demostrar que había entendido dónde estaba… y cómo repararla.
Pues bien.
Atlas ganó 4-3.
Pero permítame corregir algo.
La fisura no se convirtió en fractura.
Tampoco desapareció.
Lo preocupante es descubrir que probablemente había comenzado mucho antes de que nosotros pudiéramos verla.
Porque los números cuentan una historia bastante más amarga que las derrotas contra Monterrey y Atlas.
Dividamos el torneo en cuatro etapas.
PRIMERA ETAPA – Jornadas 1 a 5.
Puebla consiguió 10 puntos de 15.
66.7 por ciento de efectividad.
SEGUNDA ETAPA – Jornadas 6 a 9.
4 de 12.
33.3 por ciento.
TERCERA ETAPA – Jornadas 10 a 13.
2 de 12.
16.7 por ciento.
Mire usted:
66.7%.
33.3%.
16.7%.
En cada etapa, Puebla prácticamente redujo a la mitad la efectividad de la anterior.
Siguiendo semejante secuencia, a la última le correspondería algo cercano al 8 por ciento.
Un punto de doce.
¡Qué horror!
Toquemos madera, amigo lector.
Porque la CUARTA ETAPA – Jornadas 14 a 17 ya comenzó.
Y comenzó perdiendo contra Atlas.
No hace falta ser matemático.
El Puebla de Gerardo Espinoza viene a la baja.
¿Cómo pudo caer tanto sin que pareciera tan evidente?
Muy sencillo.
Te seduce, te marea y te hace sentir que no perdiste.
Que competiste.
Que sumaste.
Y es verdad.
Pero había tres puntos disponibles y solamente te llevaste uno.
Dejaste el 66.7 por ciento sobre la mesa.
Un empate puede ser un magnífico resultado.
Convertirlo en costumbre es otra cosa.
Los empates ante Atlante, León y Xolos dejaron apenas tres puntos de nueve disponibles.
Seis se quedaron en el camino.
Mientras hablábamos de un Puebla que había aprendido a competir, resistir y no romperse…
la tabla estaba contando otra historia.
Ahí estaba la fisura.
Almeyda no la creó.
La encontró.
Y Monterrey la hizo imposible de esconder.
Atlas tenía ahora el video.
Y aquí debemos reconocerle algo a Gerardo Espinoza.
Puebla recibió un gol prácticamente al comenzar el partido… y no se rompió.
Empató.
Se recompuso.
Mejoró.
Y al minuto 60 consiguió ponerse 2-1.
Espinoza había reparado algo.
Pero una reparación solamente sirve si resiste nuevamente la presión.
Tres minutos después, Kevin Zenón empató.
Al 68, José Martín puso el 3-2.
Puebla necesitó sesenta minutos para construir una ventaja.
Atlas necesitó ocho para arrebatársela.
Y allí apareció otra asignatura pendiente.
Porque cuando consigues ponerte 2-1 después de sesenta minutos de esfuerzo no necesariamente necesitas buscar inmediatamente el tercero.
A veces necesitas algo mucho menos espectacular:
Cinco minutos aburridos.
Tocar la pelota.
Cerrar espacios.
Bajar pulsaciones.
Provocar una falta.
Hacer desesperar al rival.
Conseguir que el partido avance al ritmo que a ti te conviene.
Hay momentos para atacar al partido.
Y otros para impedir…
que el partido te ataque a ti.
Puebla todavía no sabe hacerlo.
Hernán Crespo movió su banca.
José Martín entró.
Y prácticamente de inmediato marcó el tercero.
Después llegó la expulsión de Alonso Ramírez.
De aquella misma acción nació el cuarto.
Pero no nos confundamos.
La expulsión no explica un partido que Puebla ya estaba perdiendo antes de quedarse con diez.
Y precisamente lo que hicieron esos diez hombres nos impide hablar todavía de colapso.
Omar Moreno encontró un gol extraordinario.
Puebla siguió corriendo, atacando y creyendo.
Incluso terminó obligando al Atlas a defender una victoria que parecía resuelta.
Este equipo todavía combate.
Pero competir ya no es suficiente.
Ahora necesita convertir esa competitividad…
en puntos.
Antes de Monterrey hicimos nuestras propias cuentas.
Puebla tenía 16 puntos.
Quedaban quince.
Y establecimos una meta:
10 de 15.
Llegar a 26.
Monterrey se llevó tres.
Atlas otros tres.
Ahora quedan nueve ante Pumas, Querétaro y Atlético de San Luis.
Y las matemáticas no admiten discursos:
Diez ya no caben dentro de nueve.
Aquella meta desapareció.
Pero estos últimos tres partidos adquirieron otra importancia.
Ya no solamente determinarán dónde terminará Puebla en la tabla.
Determinarán cómo terminará el Puebla de Gerardo Espinoza.
Porque una cosa es no alcanzar el objetivo.
Y otra muy distinta…
es llegar al final cayéndote.
El Puebla todavía no se estrella, pero viene perdiendo altura.
A Espinoza le quedan tres partidos para estabilizar el avión.
Tres partidos. Nueve puntos.
La pista ya está a la vista.
Puede corregir la trayectoria y conseguir un aterrizaje decoroso.
O permitir que aquella fisura que durante varias jornadas creció silenciosamente termine convirtiéndose, ahora sí…
en un colapso.
Mientras tanto, nosotros…
Veremos y diremos
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