Los osos también abrazan

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Los osos no son exactamente los animales más afectivos del reino. No viven en manada, no necesitan compañía constante y pasan buena parte de su vida en soledad. Son fuertes, independientes y territoriales.

Y, sin embargo, hay algo profundamente tierno en ellos.

Las crías pasan meses abrazadas al cuerpo de su madre. No es un gesto romántico ni simbólico: es supervivencia. El contacto regula su temperatura, las calma, les enseña que el mundo puede ser hostil, pero no necesariamente frío. Duermen pegadas, se aferran con las garras pequeñas al pelaje espeso, aprenden que la fuerza también puede ser refugio.

Incluso entre hermanos, el juego parece lucha, pero muchas veces termina en algo que se parece demasiado a un abrazo torpe. Dos cuerpos enormes que, por un instante, dejan de medirse y simplemente se sostienen.

Tal vez por eso convertimos al oso en símbolo de abrazo. No al más ágil, ni al más elegante. Al fuerte. Al que impone. Al que, cuando decide acercarse, lo hace con todo su peso y toda su presencia.

Porque un abrazo no es solo afecto. Es contención. Es decir “aquí estoy” sin usar palabras. Es proteger, aunque sea por unos segundos, del ruido de afuera.

Y hay momentos en la vida en los que no se puede abrazar como se quisiera. No por falta de ganas, sino por circunstancias. Por tiempos que todavía no coinciden. Por distancias que se sienten más largas de lo que deberían.

En esos momentos, uno entiende algo: el abrazo no desaparece. Solo se queda en pausa.

A veces necesita fuerza para esperar.
A veces necesita paciencia.
A veces necesita un guardián.

Porque hay abrazos que no se han dado todavía, pero ya existen.
Abrazos que no desaparecen con la distancia, que no se enfrían con el tiempo, que no se cancelan por la espera.
Solo están ahí, intactos, aguardando el momento correcto para convertirse en hogar.

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