[Más Allá del Deporte] Elijamos muy bien a quien nos acompañará… así como lo hacen los pingüinos

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Hay una escena que siempre me ha parecido brutalmente honesta en el mundo animal: los pingüinos, cuando encuentran a su pareja, no andan con rodeos.

No se hacen los difíciles, no se enredan en juegos ni en relaciones “a medias”. Eligen. Y una vez que eligen, se quedan.

No es solo ternura. Es estrategia, es compromiso, es supervivencia.

Porque el mundo en el que viven no es fácil. Hace frío, mucho.

Las condiciones son durísimas. Pero ellos entienden que no se trata de pasarla bien siempre, sino de tener a alguien al lado cuando las cosas se pongan realmente jodidas. Alguien que aguante. Que cuide. Que se quede.

Nosotros, en cambio, muchas veces vamos por la vida improvisando. Escogiendo desde la prisa, desde el vacío, desde el miedo a estar solos. Y claro, así terminamos: confundiendo compañía con conexión, rutina con amor, intensidad con vínculo. Y cuando llega el frío, porque siempre llega, se nota quién está y quién solo estaba por estar.

Elegir bien a la persona con la que vas a compartir la vida no es romanticismo barato.

Es una decisión que te puede cambiar la existencia o arrastrarte por años. No se trata de encontrar a alguien perfecto, sino a alguien real. Alguien que te rete, que te escuche, que se ría contigo cuando hay motivos y te abrace cuando no hay ninguno.

Los pingüinos lo tienen claro. No pierden el tiempo saltando de una pareja a otra. Buscan. Observan. Y cuando lo sienten, entregan una piedra.

Parece simple, pero esa piedra es todo: es el comienzo de un hogar. Es decir “aquí estoy, apuesto por esto, por ti”.

Tal vez deberíamos aprender un poco más de ellos. Elegir con menos ansiedad y más intención. Pensar a largo plazo, no solo en el momento. Apostar de verdad.

Y tal vez, solo tal vez, esta columna no sea general.

Tal vez tenga nombre y apellido.

Y tal vez esa persona lo sepa.

Porque yo ya elegí. Como los pingüinos.

Sin duda. Sin vuelta atrás.

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