Se cumplen 40 años del título y la campaña avasalladora de Los Ángeles Negros

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J.L. HERMIDA USCANGA (Exclusivo)

Aquella noche del 22 de agosto de 1986 en el estadio Cuauhtémoc y Famosas de Monterrey, con una labor impecable en el centro del diamante del México estadounidense Juan Rincón, quien superó en el duelo al zurdo Mercedes Esquer, los Ángeles Negros capitalizaron una campaña de ensueño para liquidar en cinco juegos a los Sultanes de Monterrey y levantarse con el banderín de la Liga Mexicana de Verano.
Era el regreso de los Pérez Avellá, quienes después del título de 1979 con los Ángeles -azules- vivieron ese negro capítulo para ellos con la huelga de peloteros que disolvió en ese entonces a uno de los equipos más poderosos del circuito.
Pero seis años después, don Jaime y Vicente regresaron.
Por un juego de diferencia se quedaron fuera de la postemporada en 1985, y al año siguiente regresaron por la revancha bautizando al equipo bajo el nombre de Ángeles Negros, en recuerdo a esa temporada anterior.
Fue un equipo avasallante, con dos caballos en su cuerpo de pitcheo: Jaime Orozco y Germán Jiménez, apuntalados por dos novatos, los hermanos de ambos, Octavio Orozco e Isaac Jiménez; Enrique Quijano, y ya sobre el final llegó Juan Rincón para darle mayor solidez a ese cuerpo de abridores.
Con gente en el bullpen como Martín Camarena que tuvo marca fantástica de 8-1 y con Álvaro Soto como cerrador.
Y a la ofensiva no se puede decir más. Un equipo bien balanceado, con velocidad, bateadores de contacto y cuatro bombarderos en la parte medular del orden al bate que se cansaron de dar tablazos en los escenarios donde se pararon sus figuras.
Don Carter que fue campeón robador con 95 estafas representaba al primer bate ideal de aquellos tiempos. Corría, robaba y cualquier batazo dentro del cuadro lo convertía en imparable.
Chuchín González, como segundo en el orden, poniendo siempre la pelota en juego detrás del corredor y los cuatro siguientes agárrense. Ahí aparecían el rubio David Stockstill, Willie Aikens, el refuerzo de lujo para ese año, Orlando Sánchez y Guillermo “Tiburón” Rodríguez.
Los cuatro jinetes del apocalipsis. Tercero, cuarto, quinto y sexto.
Y como complemento Miguel Ángel Castelán que se alternaba la posición de jardinero central con Héctor Ponce, Víctor Quintero, en el campo corto y Hermilo Alonso en la antesala.
Y en la banca gente como Fernando Cruz, Víctor Villa, Fernando Uribe y los novatos recién egresados de Pastejé Marco Antonio Romero y Héctor Estrada, entre otros.
Todos bajo el mando de Rudy Sandoval, que en esos tiempos sólo contaba con tres coaches: Mauro “La Bailarina” Ramírez, en tercera base, Andrés Ayón en pitcheo, y Jorge Luis “Zamorita” Hernández que comenzó como jugador y terminó como coach de primera base.
“Zamorita” es es el único monarca tanto con Ángeles como con Ángeles Negros, sin contar el que logró en su paso por Campeche.
Los Ángeles dominaron el Sur con impresionante marca de 88 triunfos y 41 derrotas, en calendario regular que oscilabar entre los 130 y 132 juegos.
Ese año, Willie Aikens dominó en bateo con .454 de porcentaje, imparables 202, en producidas con 154, marca hasta nuestros días y descargó 46 jonrones, en esa campaña donde la voladora pelota Comando era el tema de discusión.
Y si Aikens terminó con .454, Orlando Sánchez se quedó con el subtítulo de bateo con .402, además disparó 24 jonrones y empujó 113 carreras.
Stockstill se fue 30 veces para la calle y empujó 103 carreras, y “El Tiburón” Rodríguez empalmó 34 escualazos y remolcó 121 registros.
Una ofensiva en realidad demoledora.
En el pitcheo, Germán Jiménez tuvo registros de 17-6, Jaime Orozco de 12-6, Isaac Jiménez de 10-6 y el campeón de ganados y perdidos Octavo Orozco logró impresionante marca de 13-2.
Era una conjugación perfecta entre un gran pitcheo y una descomunal ofensiva.
No por nada está catalogado como uno de los mejores equipos de la historia en ligas menores.
En el primer playoff, a los Ángeles Negros le tocó enfrentar a Diablos.
Nunca jamás Puebla había podido con Diablos en postemporada, pero esta vez se acabó el dominio y la gente de Rudy Sandoval los liquidó en seis partidos; en la final del Sur acabó en cinco con Tigres, y en la gran final contra Sultanes de Monterrey, donde se encontraron Rudy Sandoval y el señorón del pitcheo Miguel Sotelo, ambos campeones con los Pericos de 1963, todo acabó en cinco duelos.
De Puebla salieron con división de honores, pero en Monterrey los Ángeles aprovecharon aquel descontrol del “Babo” Castillo para tomar la delantera, a la noche siguiente se pusieron 3-1 con enorme labor de Jaime Orozco que superó en un duelazo de pitcheo a Barry Bass por pizarra de 1-0, ingresando la carrera en la sexta con elevado de sacrificio al izquierdo de Chuchín González que mandó al plato en pisa y huye a Don Carter, y esa noche del 22 de agosto vino la otra gema de Rincón.
Todo se decidió en el séptimo rollo donde con el duelo 0-0, los Ángeles explotaron con las cinco carreras cuando llenaron la casa con dos outs, y Willie Aikens respondió con sencillo al central que trajo las dos primeras y enseguida Orlando la sacó por todo el derecho para poner el último clavo en el ataúd sultán: 5-0 la pizarra final.
Una noche inolvidable, donde todos festejamos en el terreno, con el baño de cerveza a falta de sidra, en una fiesta que se prolongó hasta Puebla, que recibió con bombos y platillos a sus campeones, con un festejo impresionante dos días después en el mismo parque Hermanos Serdán.
Momentos inolvidables, que se quedaron registrados en el disco duro de quienes vivimos y disfrutamos ese inolvidable 1986.
A 40 años de distancia se recuerda a ese tremendo trabuco, con la misma pasión que se sigue recordando los inolvidables Pericos de 1963, a Los Ángeles de 1979 y se recordará a los Pericos de la actualidad con sus banderines de 2016 y 2023, y lo que resta todavía de una etapa dorada para el beisbol profesional en Puebla.

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