
En el fútbol, como en la política mexicana, la memoria suele ser corta y la congruencia un lujo que pocos burócratas están dispuestos a pagar. Es fascinante —y a la vez nauseabundo— observar cómo el poder y una oficina con vista a la ex hacienda de Santín en Toluca transforman a hombres que alguna vez tuvieron barro en los tachones en obedientes celadores del estatus quo.
Viajemos al año 2011. En los campos de la Segunda División Premier se batía el cobre un centro delantero espigado, de casi 1.90 de estatura, temible por aire, con pegada respetable y buena recepción de espaldas. Había empezado a patear el balón a los 10 años en el Club Sporting con una ilusión grabada a fuego: llegar a la Primera División, jugar en el América y vestir la camiseta de la Selección Nacional. Su padre, con viejos vínculos y conocimiento del entorno de Emilio Azcárraga Jean, le inculcó la única regla ética del deporte: el destino se gana en el pasto, con sudor y goles, jamás con relaciones ni a billetazos.

Aquel espigado ‘9’ buscó cabida en sus amadas aguilas en Coapa y le dijeron ¡gracias por participar! Luego probó suerte en el Querétaro y le cerraron la puerta. Lejos de doblarse, eligió sacrificarse y cumplir su sueño de llegar a la primera división por la ruta larga que significaba ir de ascenso en ascenso. Se enrolo otra vez en el proyecto de Grupo Tecamachalco, encabezado por Don Fernando San Román Cervantes, en la segunda división. Este equipo venía desde la tercera.

En ese vestidor compartía sudor y sueños con Santiago San Román —hoy convertido en el exitoso vicepresidente deportivo del Toluca— y con su hermano Javier, que era el “10” de aquel equipo. Llegaron a la final de la Segunda Premier ante los Titanes de Tulancingo (filial de Pachuca dirigida por el “Ratón” Ayala y William Yarbrough en el arco). Aunque Tulancingo se coronó, su condición de filial le impidió subir; el derecho deportivo catapultó a Tecamachalco a la Liga de Ascenso, mudando la franquicia a Oaxaca para convertirse en los Alebrijes.
En el vestidor oaxaqueño, rodeado de tipos como Leonel Olmedo, Gustavo Ramírez, Fernando Madrigal, Juan Pablo Alfaro, Javier Ledesma y Diego Alonso Cervantes, el delantero arengaba con rabia juvenil: “Vamos a ascender; cuando estemos en Primera contra América y Querétaro, les voy a demostrar a punta de goles de lo que se perdieron”. Pero el balón y el destino es caprichoso: el técnico Ricardo Rayas apenas le dio minutos y, a los 24 años, el muchacho colgó las botas. A esa edad eres joven para la vida pero viejo para el futbol si no has llegado a primera. El nombre de este personaje: Francisco Iturbide, el hoy presidente de la Liga Mx.

Agradecidos por su entrega, fueron los propios San Román quienes le tendieron la mano y dieron las mejores referencias para que Enrique Bonilla y Víctor Guevara le abrieran una puerta laboral en la estructura de la Liga MX y Doña Fede.
Desde el escritorio, Iturbide atestiguó en 2021 la infamia: la vendetta orquestada por Alejandro Irarragorri para arrebatarle en la mesa el ascenso al Irapuato de los San Román y congelar sus franquicias que le quitaron y jamás le pagaron.

En lo corto, en el café y entre susurros de pasillo, Panchito Iturbide rabiaba contra la injusticia y defendía a capa y espada el mérito deportivo. Pero el pragmatismo corporativo tiene un precio. De la mano de su nuevo mentor, Íñigo Riestra —el hombre clave y clandestino del autor intelectual del NO ascenso en la FMF—, aprendió el catecismo federativo: ascender en la cancha es pecado; ascender en el organigrama a costa de agachar la cabeza es la gloria.
Tras la designación de Mikel Arriola como Alto Comisionado, la presidencia operativa de la Liga MX le cayó en las manos a Francisco Iturbide. Y la metamorfosis se consumó.

Aquel romperredes que soñaba con ganar su lugar a base de goles fue enviado más en calidad de vocero, que como presidente de la Liga al diario Reforma para consumar la traición. Con un cinismo que ruborizaría al más descarado, declaró sin titubeos: “El ascenso es inviable. Se creó un modelo para darle certidumbre a los inversionistas”.
¿Certidumbre? Inglaterra, España, Alemania, Italia, Brasil y Argentina manejan inversiones miles de veces superiores a las de la Liga MX, y todas operan bajo el principio universal del mérito deportivo: el que hace bien las cosas compite y gana; el que se equivoca, desciende y asume el castigo. Blindar a dueños mediocres para proteger sus chequeras no es un modelo de negocios; es la eutanasia de la competencia.
¿Qué credibilidad puede tener el mandamás de la Liga que enterró el sueño de miles de jóvenes por un nombramiento de relumbrón? Traicionó a quienes le dieron empleo, traicionó el barro de donde vino y asesinó al delantero de 22 años que llevaba dentro.
Si el precio para tener un ascenso administrativo es vender los ideales y clausurar la cancha… qué podredumbre es el ascenso. Vaya paradoja, el que ascendió en el escritorio, firmo el acta de defunción del ascenso y el merito en la cancha.
“El poder no cambia a las personas; solo revela quiénes son en realidad” José de Saramago